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Oppenheimer

Oppenheimer

Christopher Nolan nos deja a todos con la boca abierta con su película más personal hasta la fecha.

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Un Oppenheimer joven y emocionalmente inestable contempla el impacto de las gotas de lluvia y ve cómo forman un charco. Su mundo todavía no se compone de consecuencias devastadoras. Todavía no ha experimentado la reacción en cadena que sucede cuando él y los mejores científicos de Estados Unidos crean un arma definitiva para las generaciones futuras. Todavía no ha sentido la sangre en sus propias manos. Todavía no ha construido la bomba atómica, por eso las gotas de agua que caen no le recuerdan a explosiones de bombas. Todavía no.

Oppenheimer es la historia del padre de la bomba atómica, un ilustre físico del mismo nombre que se convierte en jefe de proyecto en la carrera por desarrollar armas nucleares antes que los nazis y las terribles consecuencias que le persiguieron el resto de su vida. Christopher Nolan ha afinado sus dotes de guionista después de que Tenet, su aventura de acción, dejara mucho que desear. Dejando eso a un lado, ahora nos trae la que probablemente sea su creación más personal hasta la fecha. Oppenheimer es tanto la típica película de cine biográfico como una tragedia psicológica, repleta de dilemas y sentimientos de culpa dividida entre profecías del fin del mundo y centelleantes escenas de fisión. Los átomos fragmentados parpadean durante varias escenas para mostrar lo irreversible de la revolución nuclear.

Es una película repleta de información y de escenas llamativas. Al igual que en otras muchas obras de Nolan, tengo la sensación de que esta superproducción de tres horas tiene los cambios de escena editados a trompicones. Nolan siempre procura meter mucho contenido en poco tiempo; eso sí, hay que decir que está muy bien equilibrada y cuenta con dos historias claramente diferenciables: por un lado, la vida de Oppenheimer en el desierto de Los Álamos; por otro lado, un simulacro de un juicio macartista en una pequeña oficina en la que se le acusa de simpatizar con los comunistas. El director presenta, al puro estilo Nolan, un rompecabezas que permite al espectador ponerse en la piel de Oppenheimer y preguntarse: ¿podría haberse evitado todo esto?

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Cillian Murphy hace la interpretación de su vida en el papel de este hombre locamente ilógico obligado a cargar con todo el peso de la bomba. No necesita decir mucho para hacer que los espectadores comprendan su dolor, ya que a través de sus gélidos ojos se deja ver el agujero negro que se ha abierto en su interior. Este absorbe toda la luz que le rodea, chupándole la vida hasta el último fotograma de la obra. Dicho esto, ya es hora de que la Academia premie la brillantez de Murphy. Robert Downey Jr., que se podría haber jubilado hace mucho gracias al universo Marvel, se pone en la piel de Lewis Strauss, uno de los amigos de Oppenheimer que se convierte en una especie de contraste durante las escenas de interrogatorio en blanco y negro.

Además de estos pesos pesados, vemos a grandes talentos como los de Emily Blunt, Florence Pugh, Matt Damon, Rami Malek, Josh Hartnett, Casey Affleck, Gary Oldman y otras muchas, muchas estrellas, con Blunt y Pugh dando ese toque especial de dolor humano acompañando a las lecciones aburridas de física cuántica. Sin embargo, el corazón de la película lo pone el escocés Tom Conti en su papel de Einstein. El genio tiene un papel fundamental y, a pesar de que me habría gustado que hubiera salido durante más rato, destaca gracias a la calidez que desprende el actor.

Técnicamente hablando, el camino hasta la prueba de la bomba del Proyecto Manhattan es espectacular, con un Nolan entregado por completo. Pretende que los inicios de la bomba atómica sean lo más prácticos posible, con un montón de sorpresas a nivel visual. Es una obra hermosa la mires por donde la mires. Sin embargo, lo más conmovedor de todo son las bombas emocionales tras el éxito de Oppenheimer. A Nolan se le conoce por su estilo cinematográfico rimbombante (vaya), pero también demuestra ser un maestro del silencio en algunas escenas cuyo silencio es ensordecedor. Las bombas de las escenas de interrogatorio son muy efectivas, con la vida de Oppenheimer deshaciéndose como si estuviera asistiendo a su propia autopsia. Dentro de estos ambientes yermos también hay algunos efectos visuales que se usan con gran inteligencia, mostrando los instintos de Nolan como cineasta.

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Nolan suele jugar con el tiempo y el espacio en sus obras, con Oppenheimer intentando recrear la psique dubitativa del personaje del título. Es algo irregular y puede llegar a ser demasiado explicativa, pero no hay un momento en el que te aburras o te sientas incómodo. No soy un gran fan del compositor Ludwig Göransson, pero he de decir que merece su palmadita en la espalda gracias a sus tonos ominosos y penetrantes perfectamente integrados con el resto de la banda sonora. Una vez que les prestas atención, no hay marcha atrás: se meten bajo tu piel como si la propia película fuera radiactiva musicalmente hablando. Hans Zimmer era quien complementaba las longitudes de onda narrativas de Nolan con sus composiciones, aunque hay que decir que le ha encontrado un gran sustituto.

Se trata de un conjunto muy poderoso. Hay mucho que asimilar, especialmente cuando los personajes empiezan a hablar de cosas que no suelen formar parte de tu día a día. Con todo y con eso, a pesar de ser una película en la que hablan tanto, también consigue ser muy emocionante gracias a que Nolan controla a la perfección tanto los temas como lo que motiva al devastado protagonista. La narración de Oppenheimer es tan magistral como poderosa. Es un recordatorio inquietante y oportuno sobre cómo la ciencia es un arma de doble filo, de lo cerca que está la humanidad de destruirse a sí misma y de cómo ha cambiado el mundo. Para siempre. A los fans de Nolan: no tenéis por qué tener la menor duda. Lo ha vuelto a hacer.

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09 Gamereactor España
9 / 10
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