Crítica de La Bola Negra
La evolución y consolidación de Los Javis es un sofisticado entretejido de tres telas genuinas.
"Solo el misterio nos hace vivir"
Esta cita, por supuesto de Lorca, pero acuñada precisamente por un personaje sorpresa hacia el emocionante final de La bola negra, define uno de los poderes de la nueva cinta de Los Javis que tuve el placer de ver en la premiere de Cannes: su capacidad para esconder, revelar, impresionar. Porque, si bien su mensaje y su contexto eran esperables, ha sido su exquisita sofisticación, su forma fina de hilar y descubrir, lo que me ha cautivado de principio a fin. Cuántos filmes sobre la Guerra Civil (y sobre la Segunda Guerra Mundial, y la Primera) han pasado por nuestras pantallas, cuántos esfuerzos para denunciar la represión histórica a las orientaciones sexuales e identidades de género no normativas y, sin embargo, La bola negra no se parece a ninguna, ni del primer, ni del segundo grupo.
Las tres tramas que entreteje (Sebastián en 1937, Carlos en 1932 y Alberto en 2017) discurren en paralelo con la maestría de las mejores películas que emplean este raído recurso narrativo, aun así añadiendo un toque muy personal. A veces, las secuencias se dedican un tiempo más relajado, ordenado y similar. Otras, pasamos de un momento con un personaje y en un lugar a otro completamente distinto en cuestión de segundos, pero siempre con una intención complementaria y armónica. La situación del uno explica la del otro, o da una pista, o complementa, o simplemente acompaña. Y, aunque normalmente mencionaría la música más tarde, es aquí donde la maravillosa banda sonora de Raül "Refree" Fernandez Miró juega un papel evidente ya no solo emocional, sino deliberadamente narrativo y asíncrono. Por ejemplo, cuando la trompeta que está tocando Sebastián sigue sonando tras el corte para ambientar lo que viene en otro tiempo y lugar. O cuando se atreve a animar con música dance un baile playero en pelotas con fuegos artificiales en los años 30.
Es también una película fresca, original. La trama de la actualidad, que parece la más predecible o aburrida a priori, va cobrando una fuerza enorme con el paso del metraje y acoge a las otras dos para terminar enlazándolas con ingenio. Y lo hace sin renunciar a contar su propio drama moderno, con unos momentos de humor también muy propios y acertados, y para hacer destacar a dos mujeres donde menos las esperábamos. Por un lado, la Teresa de Lola Dueñas (la madre de Alberto), de los personajes mejor dibujados y más creíbles de toda la historia. Por otro, la guinda en el pastel de Glenn Close como la biógrafa Isabelle Durand, la mejor para pronunciar las palabras que suponen el conmovedor culmen a esta suerte de trilogía.
Aunque me estoy mordiendo la lengua para no arruinaros ninguno de esos misterios que elevan esta experiencia y os recomiendo que vayáis a verla sin saber demasiado, es evidente que se apoya y en parte cuenta la historia de Federico García Lorca; no solo de su legado para las generaciones venideras, sino también de su impacto en vida, su poesía y su condición sexual secreta en público, pero gritada o cantada en la intimidad de sus cercanos o de sus escrituras. Pero, sabiendo esto antes de ir al cine, también me encantó cuándo y cómo se va introduciendo la figura de Lorca. No es a la americana, en tus narices para que sepas que "un personaje famoso" está relacionado con los personajes. No, es una cuestión primero de aura coetánea y luego de introducción delicada, para que como espectador vayas percibiendo su repercusión y te sugiera lo que despertó en artistas y lectores, en lugar de ver su nombre escrito en letras grandes. De hecho, este estilo conforme iba atando los cabos me convenció tanto que la revelación del personaje en pantalla casi me resultó forzada e innecesaria.
Y es ahí cuando menos puedo hablar. Cuando, hacia el final de la cinta, se desvelan los dos o tres misterios principales y entiendes el gran secreto guardado durante años, todo lo anterior adquiere una nueva resonancia. Igual lo hace esa trama de Carlos, de tintes abiertamente teatrales, que rompe sin contemplaciones el muro de celuloide para marcarse escenas tan memorables como su baile del cigarro en mano y boca. Son mecanismos poéticos y escénicos que, de nuevo, ya habíamos visto, pero que Los Javis clavan con gusto. Si me permitís la referencia videojueguil, aquí la expresión artística trasciende los medios para convertirse en algo superior, casi como Sam Barlow ensayó en Immortality.
Pero he saltado con menos gracia que los directores. Lo que se desarrolla entre un principio sobrecogedor que ya te engancha sin remedio y la confluencia de ese o esos finales es un viaje entre las dos Españas de la época y lo que todavía queda de ellas en la actual. Una historia de la Guerra Civil que difumina los frentes para aportar un par de ángulos interesantes o diferentes, todos necesarios para los nostálgicos de tiempos que nunca vivieron. La visión del chaval falangista por decreto que termina enamorado del prisionero. La del chico de alta alcurnia que rechazan en el casino (votando con bolas de ónix) por los rumores sobre su inclinación no ideológica. La del dramaturgo fallido que escarba entre las salidas de armario de primeros de siglo... y termina por desenterrar algo más grande. Va sobre "elegir el camino equivocado", pero también sobre la inspiración, la fuerza del arte y el coraje tan insensato como transformador del amor.
Porque La bola negra es capaz de tratar muchos más asuntos que la represión de "las nuevas costumbres" en aquellos años. Nada me pareció gratuito, ni en lo visual ni en lo argumental, algo que muchas veces me ocurre con el cine español. Y no es "exceso de pudor", como el personaje de Close define nuestra vergüenza cultural patria, sino pura elegancia. De hecho, también merece mención propia el papel breve de Penélope Cruz como la artista Nené Romero, un arrollador as en la manga que reaviva la cinta con su chulería y sus letras escupidas en la cara de los abusones, naturalmente desprevenidos por obnubilación ante su belleza.
Así, es también divertida a ratos, auténtica, si bien me parece que pierde un poco el ritmo en los actos centrales y seguro resultará a algunos cargante, muy literal en el simbolismo o demasiado hiperbólica. Para mí inteligente, técnicamente sobresaliente y minuciosamente detallada, La bola negra se erige poderosa y poética, y sirve para evolucionar y consolidar la cinematografía de Los Javis. Al final, con la fría nieve, todo el cine abandonamos la sala sujetando la congoja, sabiendo que acabábamos de ver algo especial.












